Hace un par de años atrás, una serie de suicidios de adolescentes causó una gran conmoción en Estados Unidos. Los medios de comunicación no se demoraron en indicar que todos ellos estaban relacionados—era una verdadera epidemia de suicidios de chicos gay, todos víctimas de acoso en sus escuelas. Una sospecha que se basaba en parte en el estereotipo de la juventud les-bi-gay-trans como una población intrínsecamente "en riesgo.” Por supuesto, nunca se interrogaron sobre los factores personales o sociales que empujan a un chico o chica de esa edad, que duda o se encuentra en abierto desafío de la heteronorma, a quitarse la vida.
Ante los suicidios, la sensación de culpa e impotencia era palpable. Dan Savage, reconocido columnista—muy guapo y abiertamente gay—posteó un video en YouTube donde se dirigió directamente a la "juventud en riesgo” para decirle que, aún si enfrentaban problemas hoy, pronto estarían mejor: "It gets better". El formato rápidamente se popularizó. Este facilita el acoplamiento de una historia personal con la narrativa propuesta por la campaña a través de un slogan simple y emotivo—aún si el a quién se dirige este mensaje, el auditor imaginario, no sea del todo evidente. Hasta la fecha, cerca de treinta mil videos han sido subidos a la plataforma creada para promoverla. Entre ellos, el de un chico que se suicidó poco tiempo después de haber subido su propio video. La vida suele ser más complicada que el "copy" con que tratamos de capturarla.
Una de las razones de la popularidad de It Gets Better tuvo que ver con el momento político que vivía Estados Unidos. La campaña vendió el “buenondismo” como antídoto frente el abandono de Barack Obama del movimiento LGBTI, que lo había apoyado durante la elección del 2008. Un abandono que se tradujo en los primeros años de la Administración en un tímido apoyo verbal hacia la diversidad sexual, y la más completa marginalización de asuntos LGBTI de la agenda pública. It Gets Better se auto-promueve como una campaña exitosa, aún si resulta imposible evaluar ese éxito. Los videos, después de todos, son sólo videos; quienes los ven, no son necesariamente su público objetivo declarado. En todo caso, ciertamente fue exitosa entre la clase política. No hay nada más fácil para un político que vender empatía, promover el bajar los brazos, y decir que las cosas "mejoran" por sí solas. En un momento de ironía total, Obama produjo su propio video. Se hubiera apreciado tanto más que la Administración promoviera políticas sustantivas de protección y apoyo a la juventud les-bi-gay-trans.
De ahí pasamos a la traducción sin ninguna re-contextualización por parte de la Fundación Iguales de esta campaña, y su adopción en Chile. Es una traducción que retiene todos los problemas del original, y de hecho los acentúa. Partiendo con el título: "Todo Mejora." Pablo Simonetti—quien trabaja con palabras—habrá notado la utilización en esta traducción de un fraseo pasivo además de una forma verbal intransitiva, sin objeto. No hay indicación sobre qué mejora, ni cómo mejora, ni mucho menos quién lo mejora. Me parece de una perversidad absoluta ofrecerle a la diversidad sexual de Chile un simple "Todo Mejora," considerando que este último año lo único concreto que hemos visto en relación a ella han sido ataques de odio horrorosamente violentos, tales como el sufrido por Sandy Iturra Gamboa, o más recientemente Daniel Zamudio. (Y a estos podríamos añadir tantos otros crímenes que no son denunciados a la policía.)
Aún si aceptáramos como válida para su nuevo contexto la premisa de la campaña original—que hay una crisis de suicidios gays, que la juventud les-bi-gay-trans se encuentra intrínsicamente “en riesgo,” que esto requiere recordarles que las cosas por arte de magia "mejoran"—nos saltamos en el caso chileno un paso esencial. Esto, porque en Estados Unidos, al contrario de Chile, sí existen mecanismos y recursos de apoyo para la juventud no-hetero, trans o con dudas, y que se enfrenta a un problemas cuyo origen es netamente sociocultural, como es la homofobia. En Chile, las organizaciones que intentan ofrecer estos recursos no dan abasto. Quizás Iguales debiera haber comenzado su trabajo desde este punto.
Entonces, nos preguntamos, ¿todo mejora?
La respuesta es que, por desgracia, no todo mejora. No puede mejorar, cuando no existe un marco legal que dé protección a quienes viven en Chile y continúan hoy experimentando la precariedad sexual a diario. No mejora, cuando la experiencia de esa precariedad sexual se encuentra directamente relacionada con la diferencial de poder que emerge desde la intersección de género, sexualidad, etnicidad y clase. (Pedro Lemebel tiene tantísima razón cuando nos recuerda que “ser pobre y maricón es peor.”) No mejora, cuando el Estado reniega de sus obligaciones internacionales en cuanto a resguardar los derechos de su población lésbica, gay, trans, bisexual e intersexual. No mejora, cuando las organizaciones que debieran dedicarse a presionar al Estado y a abogar por un cambio cultural, social y político que proteja a esta población, cesan de hacerlo y promueven en vez un discurso sentimental e individualista, completamente desconectado de un sentido de comunidad o responsabilidad social. No, las cosas no mejoran por sí solas: ¡somos nosotros quienes debemos mejorarlas!
Suelo abstenerme de criticar el trabajo de activistas en Chile. Esto, en parte porque reconozco que es un contexto difícil. Para algunos puede parecer contraproducente el criticar las estrategias empleadas cuando no se tiene una perspectiva de terreno. En este caso, sin embargo, no hay terreno. Se trata de una campaña mediática, sin objetivos, que promueve una ideología que considero francamente dañina. Frente a esto, como feminista y estudioso de la cultura de las imágenes, mi rol es ayudar a abrir una reflexión crítica, e invitar a un debate real sobre qué política sexual queremos articular como movimiento para Chile.
por Iñigo Adriasola para estadista.org
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Primero publicado en el blog Curvas Politicas (27/3). Y vale la pena ver la sección comentarios ;-)
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15.4.12
22.6.11
Hacer justicia
Una mujer trans ejerce el trabajo sexual en las calles de Valparaíso. Sandy trabaja arriesgando su vida para poder vivir. Para ella es la única vida posible.
El 7 de junio, Sandy sube al furgón de un posible cliente. Al interior, un grupo de desconocidos la golpea brutalmente en su cara y cabeza, posiblemente con un bate de béisbol. Luego de ser agredida, es lanzada desde el vehículo, y abandonada en la vía pública . Por sus graves heridas, es hospitalizada y mantenida en un coma inducido. Sandy habita el borde mismo de la muerte.
Se estampa una denuncia, que las autoridades y la policía se comprometen a investigar. Pero no hay garantía alguna que este caso concluya con detenidos, o que aquel compromiso se traduzca en algo más allá de aquellas declaraciones que pronto desaparecerán en el viento. Sabemos cuán difícil es obtener reparación siendo pobre en Chile--aun más cuando se es pobre y diferente.
La historia de Sandy no concluye. Sandy vive--ella desea vivir. La misma fuerza que la llevaba a arriesgar su vida para poder ser quien es y expresar su identidad, la mantiene hoy aferrada a la vida. Otras también han sufrido este tipo de violencia--muchas han muerto. Recordamos crímenes de una violencia espantosa, como el sufrido por Ximena Sotomayor, en 2004; otros como el asesinato de la activista trans Bárbara Rivero, ese mismo año, en el que la fóbica indiferencia y negligencia por parte del servicio de salud estatal llevaron a su muerte--crímenes ambos que resultaron impunes.
La madre de Sandy reclama justicia para su hija. Lo hace sabiendo lo difícil que es obtener reparación. Y al hacerlo, nos fuerza a preguntarnos, ¿qué significa hacer justicia en este caso? ¿Qué significa reparar realmente el daño hecho? ¿Se trata simplemente de encausar y sentenciar a quienes cometen un delito de este tipo? ¿Basta con un gesto así, para borrar la deuda que contraemos como sociedad ante las personas que sufren en su carne la verdad de la precariedad sexual: el tener que vivir la permanente negación de la vida del Otro, el tener que vivir la diferencia como condena a muerte?
Ante la violencia que sufrió Sandy, es importante replantearse lo que significa la justicia. Porque esta violencia no es un simple exceso. Es la manifestación más concreta del trato inicuo que permite nuestro país frente a personas que desafían la norma, en particular aquellas que expresan su diferencia--sea identidad o expresión de género--de modo visible.
Esa iniquidad aparece de muchas otras formas. Por ejemplo, es la iniquidad que se esconde tras la iniciativa asistencialista de Joaquín Lavín en sus años en la alcaldía de Santiago--quien en vez de buscar asegurar las condiciones básicas para su real inserción laboral, ofrecía capacitar a estas mujeres en pequeños trabajos domésticos que las mantuviera escondidas en sus casas: invisibles, fuera de la calle, fuera de la vista del público. (Valga añadir que en su momento, Sandy participó en esa iniciativa.) Es la misma iniquidad que permitió la remoción de la causal "identidad y expresión de género" del proyecto de ley "antidiscriminación" que se tramita en estos días en el Senado.
En estos días, presenciamos un debate sobre la "igualdad." Quienes participan de él debieran reflexionar sobre lo que significa el pedido de justicia que realiza la madre de Sandy. Porque pedir justicia es pedir igualdad de verdad. Pedir justicia es pedir ciudadanía. Pedir justicia es pedir visibilidad. Pedir justicia es reconocer la diferencia, no pretender cubrirla con un manto de respetabilidad. Nosotros también pedimos justicia para Sandy, y para todos y todas quienes vivimos de algún modo la precariedad sexual. Pedimos justicia y pedimos igualdad: exigimos las garantías para que cada ciudadana y ciudadano pueda vivir y habitar su diferencia.
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La carta de la madre de Sandy Iturra Gamboa puede ser leída acá.
El Instituto Nacional de Derechos Humanos también publicó un comentario sobre el caso.
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Crossposted en Curvas Políticas (22/6).
El 7 de junio, Sandy sube al furgón de un posible cliente. Al interior, un grupo de desconocidos la golpea brutalmente en su cara y cabeza, posiblemente con un bate de béisbol. Luego de ser agredida, es lanzada desde el vehículo, y abandonada en la vía pública . Por sus graves heridas, es hospitalizada y mantenida en un coma inducido. Sandy habita el borde mismo de la muerte.
Se estampa una denuncia, que las autoridades y la policía se comprometen a investigar. Pero no hay garantía alguna que este caso concluya con detenidos, o que aquel compromiso se traduzca en algo más allá de aquellas declaraciones que pronto desaparecerán en el viento. Sabemos cuán difícil es obtener reparación siendo pobre en Chile--aun más cuando se es pobre y diferente.
La historia de Sandy no concluye. Sandy vive--ella desea vivir. La misma fuerza que la llevaba a arriesgar su vida para poder ser quien es y expresar su identidad, la mantiene hoy aferrada a la vida. Otras también han sufrido este tipo de violencia--muchas han muerto. Recordamos crímenes de una violencia espantosa, como el sufrido por Ximena Sotomayor, en 2004; otros como el asesinato de la activista trans Bárbara Rivero, ese mismo año, en el que la fóbica indiferencia y negligencia por parte del servicio de salud estatal llevaron a su muerte--crímenes ambos que resultaron impunes.
La madre de Sandy reclama justicia para su hija. Lo hace sabiendo lo difícil que es obtener reparación. Y al hacerlo, nos fuerza a preguntarnos, ¿qué significa hacer justicia en este caso? ¿Qué significa reparar realmente el daño hecho? ¿Se trata simplemente de encausar y sentenciar a quienes cometen un delito de este tipo? ¿Basta con un gesto así, para borrar la deuda que contraemos como sociedad ante las personas que sufren en su carne la verdad de la precariedad sexual: el tener que vivir la permanente negación de la vida del Otro, el tener que vivir la diferencia como condena a muerte?
Ante la violencia que sufrió Sandy, es importante replantearse lo que significa la justicia. Porque esta violencia no es un simple exceso. Es la manifestación más concreta del trato inicuo que permite nuestro país frente a personas que desafían la norma, en particular aquellas que expresan su diferencia--sea identidad o expresión de género--de modo visible.
Esa iniquidad aparece de muchas otras formas. Por ejemplo, es la iniquidad que se esconde tras la iniciativa asistencialista de Joaquín Lavín en sus años en la alcaldía de Santiago--quien en vez de buscar asegurar las condiciones básicas para su real inserción laboral, ofrecía capacitar a estas mujeres en pequeños trabajos domésticos que las mantuviera escondidas en sus casas: invisibles, fuera de la calle, fuera de la vista del público. (Valga añadir que en su momento, Sandy participó en esa iniciativa.) Es la misma iniquidad que permitió la remoción de la causal "identidad y expresión de género" del proyecto de ley "antidiscriminación" que se tramita en estos días en el Senado.
En estos días, presenciamos un debate sobre la "igualdad." Quienes participan de él debieran reflexionar sobre lo que significa el pedido de justicia que realiza la madre de Sandy. Porque pedir justicia es pedir igualdad de verdad. Pedir justicia es pedir ciudadanía. Pedir justicia es pedir visibilidad. Pedir justicia es reconocer la diferencia, no pretender cubrirla con un manto de respetabilidad. Nosotros también pedimos justicia para Sandy, y para todos y todas quienes vivimos de algún modo la precariedad sexual. Pedimos justicia y pedimos igualdad: exigimos las garantías para que cada ciudadana y ciudadano pueda vivir y habitar su diferencia.
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La carta de la madre de Sandy Iturra Gamboa puede ser leída acá.
El Instituto Nacional de Derechos Humanos también publicó un comentario sobre el caso.
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Crossposted en Curvas Políticas (22/6).
9.12.10
campañas que sí funcionan, campañas que no.
Es ilustrativo hacer una comparación de la campaña del actual gobierno para la prevención del VIH/sida, con campañas publicitarias que se realizan fuera de Chile. El objetivo no es decir simplemente que el gobierno está equivocado en su aproximación (y evidentemente lo está), sino ver con ejemplos positivos cuáles son los elementos que crean una campaña efectiva.
Al mismo tiempo que el gobierno ponía en marcha la campaña publicitaria "Quién tiene sida", el viernes pasado, el Leicester Teenage Pregnancy Partnership (Asociación de Prevención del Embarazo Adolescente de Leicester) estrenó una publicidad fantástica para promover el uso del condón en un grupo demográfico crítico para la prevención. El spot se encuentra específicamente enfocado al grupo de 16 a 20 años, pero la campaña cuenta con una capacidad de impacto transversal.
La publicidad hace un uso inteligente de la estética del videojuego (con elementos gráficos originales) para hacer pasar un mensaje simple y al grano. En el video, un personaje tipo Super Mario Bros corre hacia la derecha de la pantalla, buscando llegar a una casa para tener relaciones con su princesa. "El alcohol puede hacerte tomar decisiones erradas," dice la publicidad, mientras el héroe pierde su preservativo y con esto una "vida". En casa de la princesa, ella le dice, "No sin condón." Nuevamente comienza la carrera. Esta vez el personaje obtiene su condón, lo que lo vuelve inmune a enfermedades de transmisión sexual. Finalmente llega a la casa de la princesa quien lo invita a pasar adentro. "GAME ON," dice el final de la publicidad.
De los cinco spots que se presentaron en Chile, el único spot preventivo de la campaña, por ahora, ha sido el video "Fiesta viral." En el spot de "Quién tiene sida" no solo se cuestiona la efectividad del condón como método preventivo: tanto mujer como hombre son puestos en una posición pasiva frente al uso del preservativo. Si "Game On" pone el acento en la importancia de ser proactivos respecto al uso del condón, la publicidad chilena lo único que hace es sembrar las dudas respecto a su efectividad, además de subestimar la capacidad de acción o agencia de la población sexualmente activa. Vale la pena hacer notar que la campaña británica subraya la responsabilidad tanto de la mujer como del hombre dentro de la relación sexual: la "princesa" impone los términos de la relación diciendo "No sin condón," y solamente consiente una vez que el personaje obtiene su preservativo.
"Game On" es un acierto: en términos estéticos, su simpleza visual replica la simpleza de su mensaje. Esto sólo potencia su poder de impacto y retención en la memoria visual del espectador. El valor en cuanto al mensaje reside en la mirada franca que realiza sobre la actividad sexual de los jóvenes; el contexto social en el que aparece; y el mensaje positivo frente a la actividad sexual. Bastante distinto a la campaña actual del Ministerio de Salud chileno.
Al mismo tiempo que el gobierno ponía en marcha la campaña publicitaria "Quién tiene sida", el viernes pasado, el Leicester Teenage Pregnancy Partnership (Asociación de Prevención del Embarazo Adolescente de Leicester) estrenó una publicidad fantástica para promover el uso del condón en un grupo demográfico crítico para la prevención. El spot se encuentra específicamente enfocado al grupo de 16 a 20 años, pero la campaña cuenta con una capacidad de impacto transversal.
La publicidad hace un uso inteligente de la estética del videojuego (con elementos gráficos originales) para hacer pasar un mensaje simple y al grano. En el video, un personaje tipo Super Mario Bros corre hacia la derecha de la pantalla, buscando llegar a una casa para tener relaciones con su princesa. "El alcohol puede hacerte tomar decisiones erradas," dice la publicidad, mientras el héroe pierde su preservativo y con esto una "vida". En casa de la princesa, ella le dice, "No sin condón." Nuevamente comienza la carrera. Esta vez el personaje obtiene su condón, lo que lo vuelve inmune a enfermedades de transmisión sexual. Finalmente llega a la casa de la princesa quien lo invita a pasar adentro. "GAME ON," dice el final de la publicidad.
De los cinco spots que se presentaron en Chile, el único spot preventivo de la campaña, por ahora, ha sido el video "Fiesta viral." En el spot de "Quién tiene sida" no solo se cuestiona la efectividad del condón como método preventivo: tanto mujer como hombre son puestos en una posición pasiva frente al uso del preservativo. Si "Game On" pone el acento en la importancia de ser proactivos respecto al uso del condón, la publicidad chilena lo único que hace es sembrar las dudas respecto a su efectividad, además de subestimar la capacidad de acción o agencia de la población sexualmente activa. Vale la pena hacer notar que la campaña británica subraya la responsabilidad tanto de la mujer como del hombre dentro de la relación sexual: la "princesa" impone los términos de la relación diciendo "No sin condón," y solamente consiente una vez que el personaje obtiene su preservativo.
"Game On" es un acierto: en términos estéticos, su simpleza visual replica la simpleza de su mensaje. Esto sólo potencia su poder de impacto y retención en la memoria visual del espectador. El valor en cuanto al mensaje reside en la mirada franca que realiza sobre la actividad sexual de los jóvenes; el contexto social en el que aparece; y el mensaje positivo frente a la actividad sexual. Bastante distinto a la campaña actual del Ministerio de Salud chileno.
28.10.10
Así con el Sernam y su "rupturismo"
El “rupturismo” del Sernam. O, cómo NO poner fin a la violencia intrafamiliar.
Iñigo Adriasola
En la publicidad, Jordi Castell, de brazos cruzados y con su ceja levantada, interpela al espectador. “Ciento de veces me han gritado maricón… Maricón es el que le pega a su mujer.” Esa es la nueva, “agresiva” campaña del Sernam contra la violencia intrafamiliar. Imagino lo novedoso que resultó para sus mandantes eso de apropiarse del tan manoseado “Mariquita Pérez que le pega a las mujeres” del patio del colegio: el mismo dicho que jamás evitó que los niños le siguieran pegando a las niñas; o a quienes pareciesen de cualquier modo distintos, sensibles, raros… maricones.
La campaña es un fracaso, si su objetivo es poner fin a la violencia de género. Poner fin a la violencia intrafamiliar, sexual o de género requiere intervenir en la estructura que la permite. Sin embargo la campaña no interroga ni busca modificar el concepto de masculinidad que fomenta la violencia contra las mujeres. Por el contrario, transfiere esa violencia contra quienes somos (o nos vemos) distintos: quienes optamos por amar otramente, sea en público o privado; nos identificamos de un género distinto, o sin género, o ambos a la vez; quienes expresamos nuestra identidad de género o sexual de modo visible. Esta es una campaña que ofende a lesbianas, bisexuales, gays, gente trans e intersexual. Es una campaña que violenta a quienes se encuentran forzados a vivir su sexualidad secretamente, a quienes dudan, a quienes viven en la precariedad sexual.
La campaña se sustenta en la única manera de ser visibles: la normatividad, tanto heterosexual como homosexual. El problema que identifica la campaña es, finalmente, el ser diferente: “maricón” – desviado, invertido, raro. Un maricón, sujeto a vigilancia por la mirada disciplinadora de la sociedad, y - recordemos el contexto de una campaña gubernamental - el Estado. Bajo la semblanza de una campaña contra la violencia de género, el Gobierno ampara la violencia contra quienes no somos ni deseamos ser o vernos “normales.” La campaña se funda en un discurso no sólo contrario a la diversidad. Solidifica y reproduce roles de género: hombre victimario, mujer víctima; el escenario de este drama es el hogar heterosexual nuclear. El villano es ese indeseable raro, el maricón que debe ser eliminado.
Creando a este Otro – indeseable- imaginario, la campaña logra acotar su intervención al punto de la irrelevancia completa. Porque en la campaña se divorcia a la violencia intrafamiliar de otros tipos de violencia – su contigüidad y conexión permanente con el odio hacia otras modalidades y expresiones de la diferencia, sea esta de clase, racial/étnica o nacional, de género y sexualidad, de habilidad física, visión política, entre otras.
Me cuesta creer que en el Sernam no haya habido alguna voz que se levantara para objetar lo que claramente es un mensaje inefectivo, retrógrado, machista, heterosexista y derechamente homofóbico. La campaña no sólo está mal enfocada y formulada: es contraproducente. Al contrario de lo que dirán quienes reducen nuestras reivindicaciones feministas a ser “políticamente correctos,” el problema no es el simple uso de la palabra “maricón.” A través del modo que da forma a su mensaje –desde su gramática visual hasta su contenido ideológico – la campaña se hace cómplice en la reproducción de la violencia en contra del Otro; la reificación y reproducción de una visión reaccionaria de la masculinidad; y la invisibilización de otros tipos de violencia dentro del hogar (y fuera de él).
Publicado en el Observatorio de Género y Equidad, el 27 de octubre.
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Publicado en El Mostrador, 31 de octubre.
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Crossposted en estadista.org, 31 de octubre.
Iñigo Adriasola
En la publicidad, Jordi Castell, de brazos cruzados y con su ceja levantada, interpela al espectador. “Ciento de veces me han gritado maricón… Maricón es el que le pega a su mujer.” Esa es la nueva, “agresiva” campaña del Sernam contra la violencia intrafamiliar. Imagino lo novedoso que resultó para sus mandantes eso de apropiarse del tan manoseado “Mariquita Pérez que le pega a las mujeres” del patio del colegio: el mismo dicho que jamás evitó que los niños le siguieran pegando a las niñas; o a quienes pareciesen de cualquier modo distintos, sensibles, raros… maricones.
La campaña es un fracaso, si su objetivo es poner fin a la violencia de género. Poner fin a la violencia intrafamiliar, sexual o de género requiere intervenir en la estructura que la permite. Sin embargo la campaña no interroga ni busca modificar el concepto de masculinidad que fomenta la violencia contra las mujeres. Por el contrario, transfiere esa violencia contra quienes somos (o nos vemos) distintos: quienes optamos por amar otramente, sea en público o privado; nos identificamos de un género distinto, o sin género, o ambos a la vez; quienes expresamos nuestra identidad de género o sexual de modo visible. Esta es una campaña que ofende a lesbianas, bisexuales, gays, gente trans e intersexual. Es una campaña que violenta a quienes se encuentran forzados a vivir su sexualidad secretamente, a quienes dudan, a quienes viven en la precariedad sexual.
La campaña se sustenta en la única manera de ser visibles: la normatividad, tanto heterosexual como homosexual. El problema que identifica la campaña es, finalmente, el ser diferente: “maricón” – desviado, invertido, raro. Un maricón, sujeto a vigilancia por la mirada disciplinadora de la sociedad, y - recordemos el contexto de una campaña gubernamental - el Estado. Bajo la semblanza de una campaña contra la violencia de género, el Gobierno ampara la violencia contra quienes no somos ni deseamos ser o vernos “normales.” La campaña se funda en un discurso no sólo contrario a la diversidad. Solidifica y reproduce roles de género: hombre victimario, mujer víctima; el escenario de este drama es el hogar heterosexual nuclear. El villano es ese indeseable raro, el maricón que debe ser eliminado.
Creando a este Otro – indeseable- imaginario, la campaña logra acotar su intervención al punto de la irrelevancia completa. Porque en la campaña se divorcia a la violencia intrafamiliar de otros tipos de violencia – su contigüidad y conexión permanente con el odio hacia otras modalidades y expresiones de la diferencia, sea esta de clase, racial/étnica o nacional, de género y sexualidad, de habilidad física, visión política, entre otras.
Me cuesta creer que en el Sernam no haya habido alguna voz que se levantara para objetar lo que claramente es un mensaje inefectivo, retrógrado, machista, heterosexista y derechamente homofóbico. La campaña no sólo está mal enfocada y formulada: es contraproducente. Al contrario de lo que dirán quienes reducen nuestras reivindicaciones feministas a ser “políticamente correctos,” el problema no es el simple uso de la palabra “maricón.” A través del modo que da forma a su mensaje –desde su gramática visual hasta su contenido ideológico – la campaña se hace cómplice en la reproducción de la violencia en contra del Otro; la reificación y reproducción de una visión reaccionaria de la masculinidad; y la invisibilización de otros tipos de violencia dentro del hogar (y fuera de él).
Publicado en el Observatorio de Género y Equidad, el 27 de octubre.
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Publicado en El Mostrador, 31 de octubre.
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