Una mujer trans ejerce el trabajo sexual en las calles de Valparaíso. Sandy trabaja arriesgando su vida para poder vivir. Para ella es la única vida posible.
El 7 de junio, Sandy sube al furgón de un posible cliente. Al interior, un grupo de desconocidos la golpea brutalmente en su cara y cabeza, posiblemente con un bate de béisbol. Luego de ser agredida, es lanzada desde el vehículo, y abandonada en la vía pública . Por sus graves heridas, es hospitalizada y mantenida en un coma inducido. Sandy habita el borde mismo de la muerte.
Se estampa una denuncia, que las autoridades y la policía se comprometen a investigar. Pero no hay garantía alguna que este caso concluya con detenidos, o que aquel compromiso se traduzca en algo más allá de aquellas declaraciones que pronto desaparecerán en el viento. Sabemos cuán difícil es obtener reparación siendo pobre en Chile--aun más cuando se es pobre y diferente.
La historia de Sandy no concluye. Sandy vive--ella desea vivir. La misma fuerza que la llevaba a arriesgar su vida para poder ser quien es y expresar su identidad, la mantiene hoy aferrada a la vida. Otras también han sufrido este tipo de violencia--muchas han muerto. Recordamos crímenes de una violencia espantosa, como el sufrido por Ximena Sotomayor, en 2004; otros como el asesinato de la activista trans Bárbara Rivero, ese mismo año, en el que la fóbica indiferencia y negligencia por parte del servicio de salud estatal llevaron a su muerte--crímenes ambos que resultaron impunes.
La madre de Sandy reclama justicia para su hija. Lo hace sabiendo lo difícil que es obtener reparación. Y al hacerlo, nos fuerza a preguntarnos, ¿qué significa hacer justicia en este caso? ¿Qué significa reparar realmente el daño hecho? ¿Se trata simplemente de encausar y sentenciar a quienes cometen un delito de este tipo? ¿Basta con un gesto así, para borrar la deuda que contraemos como sociedad ante las personas que sufren en su carne la verdad de la precariedad sexual: el tener que vivir la permanente negación de la vida del Otro, el tener que vivir la diferencia como condena a muerte?
Ante la violencia que sufrió Sandy, es importante replantearse lo que significa la justicia. Porque esta violencia no es un simple exceso. Es la manifestación más concreta del trato inicuo que permite nuestro país frente a personas que desafían la norma, en particular aquellas que expresan su diferencia--sea identidad o expresión de género--de modo visible.
Esa iniquidad aparece de muchas otras formas. Por ejemplo, es la iniquidad que se esconde tras la iniciativa asistencialista de Joaquín Lavín en sus años en la alcaldía de Santiago--quien en vez de buscar asegurar las condiciones básicas para su real inserción laboral, ofrecía capacitar a estas mujeres en pequeños trabajos domésticos que las mantuviera escondidas en sus casas: invisibles, fuera de la calle, fuera de la vista del público. (Valga añadir que en su momento, Sandy participó en esa iniciativa.) Es la misma iniquidad que permitió la remoción de la causal "identidad y expresión de género" del proyecto de ley "antidiscriminación" que se tramita en estos días en el Senado.
En estos días, presenciamos un debate sobre la "igualdad." Quienes participan de él debieran reflexionar sobre lo que significa el pedido de justicia que realiza la madre de Sandy. Porque pedir justicia es pedir igualdad de verdad. Pedir justicia es pedir ciudadanía. Pedir justicia es pedir visibilidad. Pedir justicia es reconocer la diferencia, no pretender cubrirla con un manto de respetabilidad. Nosotros también pedimos justicia para Sandy, y para todos y todas quienes vivimos de algún modo la precariedad sexual. Pedimos justicia y pedimos igualdad: exigimos las garantías para que cada ciudadana y ciudadano pueda vivir y habitar su diferencia.
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La carta de la madre de Sandy Iturra Gamboa puede ser leída acá.
El Instituto Nacional de Derechos Humanos también publicó un comentario sobre el caso.
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Crossposted en Curvas Políticas (22/6).
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22.6.11
26.1.11
Pensar al Otro como extensión de sí.
El 21 de enero la ONG feminista La Morada y la Asociación Chilena de ONGs lanzaron una campaña a través de internet a favor de la despenalización del aborto terapéutico: "Tengo derecho a decidir". La campaña hace uso de vídeos simples para instar a hombres (y mujeres) a "ponerse en el lugar del otro." En los videos, actores narran una situación de embarazo inviable - el tipo de situación al que busca dar solución el proyecto Matthei-Rossi, sobre el que escribí acá.
Los vídeos buscan utilizar un mecanismo de proyección e identificación con el personaje que aparece en la pantalla. La teoría detrás de la producción es la de identificación a través del género: si un hombre ve esto (un hombre narrando la situación), se identificará con el personaje (hombre), y podrá entender lo que significa verse (como hombre) en una situación así.
Creo, sin embargo, que lo verdaderamente brillante del video se da en otra instancia. Esto es, en la des-identificación que ocurre en el momento de ver/escuchar a este actor hablando de su cuerpo: la incomodidad que provoca ver a un hombre "habitando" a través de la narración del video el cuerpo de una mujer. Esta des-identificación anuncia el reconocimiento de la diferencia: la imposibilidad de comprender completamente la posición del Otro, toda vez que subraya el imperativo ético de actuar a partir de este reconocimiento.
Es en el momento de incomodidad, de duda, cuando el espectador pre-supuesto o dibujado por el video, deja de ser ese espectador. En ese instante, la cuestión del derecho al aborto cesa de ser un problema de "empatía" a nivel superficial, y se transforma en una pregunta que se articula desde la diferencia: ¿Qué significa ser hombre y desear el aborto, como una aspiración legítima de todas las mujeres? ¿Qué significa pensar los derechos de un cuerpo que no es mío?
Esta es una pregunta crítica. Importa, porque colectiviza una reivindicación que ha sido tradicionalmente formulada como una cuestión de derechos individuales ("Yo elijo"), y la transforma y abre como un problema que todos y todas compartimos, como una aspiración legítima que conforma comunidad.
El 7 de enero participé en Santiago en una protesta convocada por varias organizaciones feministas ante el Ministerio de Salud, donde nos juntamos a pedir la despenalización del aborto en Chile, como también exigir una disculpa del Ministro Jaime Mañalich por su deleznable e injuriosa actitud en el triste caso de Claudia Pizarro, a quien acusó de ser una "víctima" utilizada en un "montaje" por parte de gente anónima que buscaba instalar este tema en el discurso nacional. (Kena Lorenzini tiene excelentes fotos de la protesta en su blog.) Durante la protesta, uno de los gritos que usamos fue el clásico "Saquen sus rosarios de nuestros ovarios/ por un aborto libre, gratuito e igualitario," al que me uní. Traigo esta anécdota a colación porque esta también fue un momento en el que personalmente sentí esa des-identificación productiva. ¿Por qué yo, desde mi posición particular apoyo esta reivindicación? ¿Por qué siendo que no tengo ovarios -que yo sepa!- me importa que el clero y la élite sigan metiendo sus rosarios en ellos...? Por una parte la respuesta es "¿por qué no?" Pero desde la des-identificación, como sitio desde el cual teorizar mi vínculo con el Otro, se abre como una interrogante productiva.
Entonces, ¿por qué luchar por los derechos del Otro (aquí las mujeres)? ¿Qué hace de esta lucha algo que me involucre también a mí? El derecho al aborto, es el derecho de la mujer a constituirse como ciudadana. Es el derecho a una tecnología que le permite incorporarse a la sociedad en igual pie. El reconocimiento a este derecho es parte de la condición mínima en la cual ellas pueden acceder a la comunidad, y así transformarla. Aún más allá, el derecho al aborto reconoce al cuerpo dentro de la política, y con ello la noción de ciudadanía pasa a ser una noción corporal: ciudadanía pasa a ser cuestión del reconocimiento del Estado a nuestra realidad como cuerpos que merecen ser protegidos. El Estado pasa a ser garante de la vida vivible. Y es precisamente este problema, lo que hace de la lucha por la autodeterminación corporal una cuestión fundamental para quienes somos de algún modo "Otro," quienes caemos fuera de la norma de conducta que impone el marco político.
La campaña de La Morada logra abrir una interrogante francamente subversiva. En ese sentido, quizás excede su objetivo original, pero por eso mismo se vuelve aún más valiosa. A través de ella, llegamos a una pregunta crítica, que debe ser mantenida abierta como problema: qué significa pensar los derechos de alguien que no soy yo como algo que me afecta también a mí y mi comunidad. Esto es, pensar al Otro como extensión de sí: y esto es extensible, por supuesto, a otras modalidades de la diferencia, y su reconocimiento, como condición básica para el hacer comunidad.
Esta es una buena campaña: necesaria, valiente, y espero que -a pesar de reconocer el valor de las campañas virales- ella logre salir del ámbito reducido de Internet, y encuentre formas de llegar a otros espacios.
Los vídeos buscan utilizar un mecanismo de proyección e identificación con el personaje que aparece en la pantalla. La teoría detrás de la producción es la de identificación a través del género: si un hombre ve esto (un hombre narrando la situación), se identificará con el personaje (hombre), y podrá entender lo que significa verse (como hombre) en una situación así.
Creo, sin embargo, que lo verdaderamente brillante del video se da en otra instancia. Esto es, en la des-identificación que ocurre en el momento de ver/escuchar a este actor hablando de su cuerpo: la incomodidad que provoca ver a un hombre "habitando" a través de la narración del video el cuerpo de una mujer. Esta des-identificación anuncia el reconocimiento de la diferencia: la imposibilidad de comprender completamente la posición del Otro, toda vez que subraya el imperativo ético de actuar a partir de este reconocimiento.
Es en el momento de incomodidad, de duda, cuando el espectador pre-supuesto o dibujado por el video, deja de ser ese espectador. En ese instante, la cuestión del derecho al aborto cesa de ser un problema de "empatía" a nivel superficial, y se transforma en una pregunta que se articula desde la diferencia: ¿Qué significa ser hombre y desear el aborto, como una aspiración legítima de todas las mujeres? ¿Qué significa pensar los derechos de un cuerpo que no es mío?
Esta es una pregunta crítica. Importa, porque colectiviza una reivindicación que ha sido tradicionalmente formulada como una cuestión de derechos individuales ("Yo elijo"), y la transforma y abre como un problema que todos y todas compartimos, como una aspiración legítima que conforma comunidad.
El 7 de enero participé en Santiago en una protesta convocada por varias organizaciones feministas ante el Ministerio de Salud, donde nos juntamos a pedir la despenalización del aborto en Chile, como también exigir una disculpa del Ministro Jaime Mañalich por su deleznable e injuriosa actitud en el triste caso de Claudia Pizarro, a quien acusó de ser una "víctima" utilizada en un "montaje" por parte de gente anónima que buscaba instalar este tema en el discurso nacional. (Kena Lorenzini tiene excelentes fotos de la protesta en su blog.) Durante la protesta, uno de los gritos que usamos fue el clásico "Saquen sus rosarios de nuestros ovarios/ por un aborto libre, gratuito e igualitario," al que me uní. Traigo esta anécdota a colación porque esta también fue un momento en el que personalmente sentí esa des-identificación productiva. ¿Por qué yo, desde mi posición particular apoyo esta reivindicación? ¿Por qué siendo que no tengo ovarios -que yo sepa!- me importa que el clero y la élite sigan metiendo sus rosarios en ellos...? Por una parte la respuesta es "¿por qué no?" Pero desde la des-identificación, como sitio desde el cual teorizar mi vínculo con el Otro, se abre como una interrogante productiva.
Entonces, ¿por qué luchar por los derechos del Otro (aquí las mujeres)? ¿Qué hace de esta lucha algo que me involucre también a mí? El derecho al aborto, es el derecho de la mujer a constituirse como ciudadana. Es el derecho a una tecnología que le permite incorporarse a la sociedad en igual pie. El reconocimiento a este derecho es parte de la condición mínima en la cual ellas pueden acceder a la comunidad, y así transformarla. Aún más allá, el derecho al aborto reconoce al cuerpo dentro de la política, y con ello la noción de ciudadanía pasa a ser una noción corporal: ciudadanía pasa a ser cuestión del reconocimiento del Estado a nuestra realidad como cuerpos que merecen ser protegidos. El Estado pasa a ser garante de la vida vivible. Y es precisamente este problema, lo que hace de la lucha por la autodeterminación corporal una cuestión fundamental para quienes somos de algún modo "Otro," quienes caemos fuera de la norma de conducta que impone el marco político.
La campaña de La Morada logra abrir una interrogante francamente subversiva. En ese sentido, quizás excede su objetivo original, pero por eso mismo se vuelve aún más valiosa. A través de ella, llegamos a una pregunta crítica, que debe ser mantenida abierta como problema: qué significa pensar los derechos de alguien que no soy yo como algo que me afecta también a mí y mi comunidad. Esto es, pensar al Otro como extensión de sí: y esto es extensible, por supuesto, a otras modalidades de la diferencia, y su reconocimiento, como condición básica para el hacer comunidad.
Esta es una buena campaña: necesaria, valiente, y espero que -a pesar de reconocer el valor de las campañas virales- ella logre salir del ámbito reducido de Internet, y encuentre formas de llegar a otros espacios.
1.12.10
bienvenidos al chile (hetero-)nuclear
El Gobierno de Chile finalmente sacó otro logo. Dicen que refleja los valores de La Nueva Forma de Goberna®: "compromiso, cercanía, eficiencia y unidad."

La verdad, la controversia sobre el gasto de plata en esto es un tanto ridícula. Tanto como el asunto función. El último logo tenía problemas de isometría y equilibrio visual evidentes. Y ya, lo arreglaron - contrataron a un pro para que lo hiciera de modo relativamente competente. Lo que no arregla la mejoría en su aspecto es, en todo caso, el contenido ideológico del logo.
El logo es abstracto. Se basa en dos rectángulos yuxtapuestos: azul el de la izquierda; rojo y más grande el de la derecha. El bloque azul contiene en su cuarto superior el emblema patrio en línea blanca; a su derecha, en la nueva tipografía, las palabras "Gobierno/ de Chile." La tipografía es hecha en casa, según nos dicen en el anuncio (aunque me cuesta ver qué aspecto de esta Helvética-light refleja el soponsio chilensis). A mí me parece que las bandas roja y azul están medio pastelosas, pero dicen que es por que se utilizaron los colores obtenidos de la espectrofotometría que le hicieron a la bandera de O'Higgins, que supongo por arte de magia y a pesar de estar desteñida como las banderitas plásticas del Parque homónimo después de las fondas, ha logrado preservar los colores verdaderos en estos doscientos años...
La división del logo en bloques está destinada a evocar el mapa de Chile: azul es el mar, rojo el continente. Por supuesto, el Chile reflejado no es cualquier Chile, sino ese pedazo que normalmente queda al medio cuando partimos al país en tres para ponerlo en un libro de Historia y Geografía (esos que no vamos a necesitar una vez que Lavín implemente su reforma). ¿Será esto por la simple dificultad de establecer una línea promedio, un menor común denominador que establezca nuestras fronteras? Después de todo, difícil resulta reflejar la diversidad geográfica y cultural del país a partir de ortogonales... Y sin embargo, el Norte y el Sur, Chile insular, quedan todos nuevamente cortados del resto del país. (Ni hablar del país que existe fuera del país, el Chile exiliado, emigrado, apátrida. Para esos nunca hay nada.)
Finalmente, hay un punto que no deja de sorprenderme, y que creo que está relacionado con el problema del Chile reflejado que no refleja a todo Chile. Porque a pito de nada, el Gobierno mete la imagen de una familia nuclear heterosexual en la presentación del logo.
Si el logo, es pura abstracción y neutralidad, ¿por qué incluir esto en la presentación de la "identidad visual" (!) del Gobierno? ¿Cuál es la función de la suburbana pareja heterosexual con dos niñitos - un niñito que juega a la pelota, y una niñita con chapes - en la presentación del logo? ¿Será acaso este el Chile para el que gobierna el Gobierno? Y si es ese el caso, ¿qué hará el Gobierno con el resto de Chile: no-Santiago, no-heterosexual, no-emparejado, no-ABC1, no-reproductivo?
"Por sus obras, lo(s) conoceréis," creo que decía ese libro que leen tanto en el Gobierno.

La verdad, la controversia sobre el gasto de plata en esto es un tanto ridícula. Tanto como el asunto función. El último logo tenía problemas de isometría y equilibrio visual evidentes. Y ya, lo arreglaron - contrataron a un pro para que lo hiciera de modo relativamente competente. Lo que no arregla la mejoría en su aspecto es, en todo caso, el contenido ideológico del logo.
El logo es abstracto. Se basa en dos rectángulos yuxtapuestos: azul el de la izquierda; rojo y más grande el de la derecha. El bloque azul contiene en su cuarto superior el emblema patrio en línea blanca; a su derecha, en la nueva tipografía, las palabras "Gobierno/ de Chile." La tipografía es hecha en casa, según nos dicen en el anuncio (aunque me cuesta ver qué aspecto de esta Helvética-light refleja el soponsio chilensis). A mí me parece que las bandas roja y azul están medio pastelosas, pero dicen que es por que se utilizaron los colores obtenidos de la espectrofotometría que le hicieron a la bandera de O'Higgins, que supongo por arte de magia y a pesar de estar desteñida como las banderitas plásticas del Parque homónimo después de las fondas, ha logrado preservar los colores verdaderos en estos doscientos años...
La división del logo en bloques está destinada a evocar el mapa de Chile: azul es el mar, rojo el continente. Por supuesto, el Chile reflejado no es cualquier Chile, sino ese pedazo que normalmente queda al medio cuando partimos al país en tres para ponerlo en un libro de Historia y Geografía (esos que no vamos a necesitar una vez que Lavín implemente su reforma). ¿Será esto por la simple dificultad de establecer una línea promedio, un menor común denominador que establezca nuestras fronteras? Después de todo, difícil resulta reflejar la diversidad geográfica y cultural del país a partir de ortogonales... Y sin embargo, el Norte y el Sur, Chile insular, quedan todos nuevamente cortados del resto del país. (Ni hablar del país que existe fuera del país, el Chile exiliado, emigrado, apátrida. Para esos nunca hay nada.)
Finalmente, hay un punto que no deja de sorprenderme, y que creo que está relacionado con el problema del Chile reflejado que no refleja a todo Chile. Porque a pito de nada, el Gobierno mete la imagen de una familia nuclear heterosexual en la presentación del logo.
Si el logo, es pura abstracción y neutralidad, ¿por qué incluir esto en la presentación de la "identidad visual" (!) del Gobierno? ¿Cuál es la función de la suburbana pareja heterosexual con dos niñitos - un niñito que juega a la pelota, y una niñita con chapes - en la presentación del logo? ¿Será acaso este el Chile para el que gobierna el Gobierno? Y si es ese el caso, ¿qué hará el Gobierno con el resto de Chile: no-Santiago, no-heterosexual, no-emparejado, no-ABC1, no-reproductivo?
"Por sus obras, lo(s) conoceréis," creo que decía ese libro que leen tanto en el Gobierno.
5.9.10
La perfidia de tu amor
La perfidia de tu amor. O, cómo cuatro senadores apuñalaron a la democracia.
Trascendió el viernes que los senadores Allende, Girardi, Lagos y Navarro le quitaron el piso a Fulvio Rossi, quien introdujo junto a ellos un proyecto de ley "Sobre el contrato de matrimonio entre personas del mismo sexo" el pasado 3 de agosto. Sin anuncio previo enviaron una carta a Jorge Pizarro, Presidente del Senado, para retirar su patrocinio. En el caso de Girardi, incluso negar el hecho de su co-autoría. Esto significa dejar el proyecto desahuciado en la práctica, y con él la posibilidad de obtener reconocimiento y resguardo legal para las familias de quienes amamos otramente.
Este acomodaticio "despatrocinio" de un proyecto de ley -- que fue apoyado inicialmente con bombos y platillos -- es impresentable, más allá de si se está de acuerdo o no con la moción legislativa. La forma de operar de los parlamentarios, quienes actuaron sin consultar con el senador Rossi ni informar a las minorías sexuales organizadas, casi como si esperasen que el peso de la noche los protegiera, ofende al espíritu democrático y desprestigia aún más la labor legislativa.
En su carta de despatrocinio, los cuatro escriben que inicialmente apoyaron el proyecto de ley, ya que siempre han defendido los derechos de todos, "más allá de los juicios de valor" de cada cual. Y sin embargo, son precisamente esos juicios de valor los que los han hecho recapacitar. Al juntarse con anónimos representantes de Iglesias Evangélicas, se dan cuenta que no han escuchado a otros actores sociales, creando espacios "que posibilitaran una mirada jurídica y valórica más amplia."
Me parece loable el deseo expresado por estos senadores de involucrar a actores de la sociedad civil en el proceso legislativo. Sin embargo, ¿no es ésta la función del público debate parlamentario? ¿No es el Congreso precisamente el espacio ideal en el cual debatimos y consideramos las razones y visiones de todos los miembros de la sociedad civil, de manera abierta y transparente? ¿No es este foro el único que constitucionalmente garantiza el debate responsable, uno donde conocemos quiénes son nuestros interlocutores? ¿No es éste el tipo de debate maduro que caracteriza a una verdadera democracia? Chile luchó por diecisiete años para obtener la reapertura de este espacio, que es el pilar de nuestra República. Una lucha que con su inconsulta decisión, tomada a puertas cerradas y lejos de la opinión de quienes sí nos vemos afectados por ella, los senadores nos dicen que han preferido no continuar.
Por supuesto, que nadie vaya a pensar que nuestros cuatro héroes no son verdaderos "progresistas." En la carta, adhieren al Acuerdo de Vida en Común, presentado por el senador oficialista Andrés Allamand, que busca "enfrentar y resolver materias relacionadas con la vida de las parejas de hecho en aspectos patrimoniales." Finalmente apoyan entonces a ese mismo proyecto al que ellos se opusieron inicialmente. Ese mismo proyecto que no reconoce la especificidad de la experiencia de quienes no somos heterosexuales, nuestra continua discriminación en el marco político y la sociedad chilena. Ese mismo proyecto que reduce nuestras reivindicaciones, que son las garantías básicas que hacen una vida vivible, a un mero asunto patrimonial.
Me parece significativo que haya sido la presión de grupos religiosos la que haya atemorizado a tal punto a nuestros legisladores que decidieran retirar su apoyo al proyecto del senador Rossi. Quienes seguimos el debate parlamentario y la reciente aprobación del matrimonio igualitario en Argentina sabemos que el alma de este debate reside en la defensa del principio de laicidad del Estado. Son esencialmente religiosos los fundamentos de quienes se oponen a que el Estado reconozca y defienda a nuestras familias. Perdimos, entonces, la oportunidad de ver el espectáculo de esas fuerzas antirrepublicanas que renacen y se reagrupan bajo el alero de quienes también fueron discriminados alguna vez por grupos hegemónicos.
Finalmente, recogen los cuatro senadores la idea de esos anónimos grupos de presión, de someter decisiones sobre los derechos de las minorías a la voluntad de la mayoría del país, reviviendo el fantasma de lo que Alexis de Tocqueville llamaba la "Tiranía de la Mayoría." ¿Es su idea de democracia el someter a plebiscito el derecho de la mujer a controlar su propio cuerpo? ¿El decidir si se debe otorgar o no reconocimiento constitucional a nuestras naciones indígenas? ¿A sabiendas de que grupos de interés expenderán incontables recursos para asegurar su rechazo y así perpetuar la hegemonía patriarcal, heterosexista, racista y clasista en la que ellos fundan su privilegio? Y son estos mismos grupos quienes aterrorizaron a estos cuatro senadores y los convencieron de abandonar el ejercicio de sus deberes parlamentarios.
Es precisamente para proteger a las minorías contra este tipo de abusos que existen hoy las instituciones de la República, entre ellos el debate parlamentario, abierto y transparente. Es por esto que las acciones de los senadores Lagos Weber, Allende, Navarro y Girardi además de impresentables, son una verdadera puñalada a nuestra aún débil democracia.
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xposted en elquintopoder.cl
Trascendió el viernes que los senadores Allende, Girardi, Lagos y Navarro le quitaron el piso a Fulvio Rossi, quien introdujo junto a ellos un proyecto de ley "Sobre el contrato de matrimonio entre personas del mismo sexo" el pasado 3 de agosto. Sin anuncio previo enviaron una carta a Jorge Pizarro, Presidente del Senado, para retirar su patrocinio. En el caso de Girardi, incluso negar el hecho de su co-autoría. Esto significa dejar el proyecto desahuciado en la práctica, y con él la posibilidad de obtener reconocimiento y resguardo legal para las familias de quienes amamos otramente.
Este acomodaticio "despatrocinio" de un proyecto de ley -- que fue apoyado inicialmente con bombos y platillos -- es impresentable, más allá de si se está de acuerdo o no con la moción legislativa. La forma de operar de los parlamentarios, quienes actuaron sin consultar con el senador Rossi ni informar a las minorías sexuales organizadas, casi como si esperasen que el peso de la noche los protegiera, ofende al espíritu democrático y desprestigia aún más la labor legislativa.
En su carta de despatrocinio, los cuatro escriben que inicialmente apoyaron el proyecto de ley, ya que siempre han defendido los derechos de todos, "más allá de los juicios de valor" de cada cual. Y sin embargo, son precisamente esos juicios de valor los que los han hecho recapacitar. Al juntarse con anónimos representantes de Iglesias Evangélicas, se dan cuenta que no han escuchado a otros actores sociales, creando espacios "que posibilitaran una mirada jurídica y valórica más amplia."
Me parece loable el deseo expresado por estos senadores de involucrar a actores de la sociedad civil en el proceso legislativo. Sin embargo, ¿no es ésta la función del público debate parlamentario? ¿No es el Congreso precisamente el espacio ideal en el cual debatimos y consideramos las razones y visiones de todos los miembros de la sociedad civil, de manera abierta y transparente? ¿No es este foro el único que constitucionalmente garantiza el debate responsable, uno donde conocemos quiénes son nuestros interlocutores? ¿No es éste el tipo de debate maduro que caracteriza a una verdadera democracia? Chile luchó por diecisiete años para obtener la reapertura de este espacio, que es el pilar de nuestra República. Una lucha que con su inconsulta decisión, tomada a puertas cerradas y lejos de la opinión de quienes sí nos vemos afectados por ella, los senadores nos dicen que han preferido no continuar.
Por supuesto, que nadie vaya a pensar que nuestros cuatro héroes no son verdaderos "progresistas." En la carta, adhieren al Acuerdo de Vida en Común, presentado por el senador oficialista Andrés Allamand, que busca "enfrentar y resolver materias relacionadas con la vida de las parejas de hecho en aspectos patrimoniales." Finalmente apoyan entonces a ese mismo proyecto al que ellos se opusieron inicialmente. Ese mismo proyecto que no reconoce la especificidad de la experiencia de quienes no somos heterosexuales, nuestra continua discriminación en el marco político y la sociedad chilena. Ese mismo proyecto que reduce nuestras reivindicaciones, que son las garantías básicas que hacen una vida vivible, a un mero asunto patrimonial.
Me parece significativo que haya sido la presión de grupos religiosos la que haya atemorizado a tal punto a nuestros legisladores que decidieran retirar su apoyo al proyecto del senador Rossi. Quienes seguimos el debate parlamentario y la reciente aprobación del matrimonio igualitario en Argentina sabemos que el alma de este debate reside en la defensa del principio de laicidad del Estado. Son esencialmente religiosos los fundamentos de quienes se oponen a que el Estado reconozca y defienda a nuestras familias. Perdimos, entonces, la oportunidad de ver el espectáculo de esas fuerzas antirrepublicanas que renacen y se reagrupan bajo el alero de quienes también fueron discriminados alguna vez por grupos hegemónicos.
Finalmente, recogen los cuatro senadores la idea de esos anónimos grupos de presión, de someter decisiones sobre los derechos de las minorías a la voluntad de la mayoría del país, reviviendo el fantasma de lo que Alexis de Tocqueville llamaba la "Tiranía de la Mayoría." ¿Es su idea de democracia el someter a plebiscito el derecho de la mujer a controlar su propio cuerpo? ¿El decidir si se debe otorgar o no reconocimiento constitucional a nuestras naciones indígenas? ¿A sabiendas de que grupos de interés expenderán incontables recursos para asegurar su rechazo y así perpetuar la hegemonía patriarcal, heterosexista, racista y clasista en la que ellos fundan su privilegio? Y son estos mismos grupos quienes aterrorizaron a estos cuatro senadores y los convencieron de abandonar el ejercicio de sus deberes parlamentarios.
Es precisamente para proteger a las minorías contra este tipo de abusos que existen hoy las instituciones de la República, entre ellos el debate parlamentario, abierto y transparente. Es por esto que las acciones de los senadores Lagos Weber, Allende, Navarro y Girardi además de impresentables, son una verdadera puñalada a nuestra aún débil democracia.
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xposted en elquintopoder.cl
31.3.10
El "bello sexo" y el endulzante neoliberal
Hay una entrevista de Tomás Mosciatti a la nueva Ministra del Trabajo, Camila Merino, que creo que si no han visto todavía debieran ver inmediatamente. La manera de Merino distrae y se presta para bromas, es cierto. Pero si es usted capaz de suspender ese prejuicio se dará cuenta que Merino es sorprendentemente honesta -- bastante más que cualquiera de sus antecesores -- con respecto a lo que será su agenda laboral; que también es, suponemos, la agenda de Piñera en esta materia.
En la entrevista Mosciatti le pregunta a Merino sobre el problema de la flexibilidad laboral. Tras varias partidas falsas, Merino explica que es una medida funcional, la que procede a ejemplificar desde la planificada transformación del post-natal. Después de decir que el programa de Piñera (en la letra chica, nos imaginamos) apunta hacia permitir "postergar" el prenatal para alargar el post-natal, Merino sale con una frase para el bronce: bajo este sistema "La mujer podría trabajar desde su casa."
Lo que dice suena mal, pero a lo que apunta es peor. Porque si bien evoca el espectro de eso de que "el lugar de la mujer está en la casa," lo que en verdad dice Merino es que este principio será ahora política de gobierno. Sabemos --dada la experiencia de otros países como Japón en esta materia-- que (1) sin los incentivos necesarios es tremendamente difícil para la mujer reintegrarse al mundo laboral después del embarazo, y (2) la incorporación de la mujer a través de un escenario de trabajo flexibilizado, automáticamente la relega al trabajo precario. Este es el nuevo modo (la forma neoliberal) de dejar a la mujer en la casa. De hecho, en la experiencia de Japón, la incorporación de la mujer a través de la flexibilización laboral se transformó en la primera ola de una precarización del trabajo en general, cuyos efectos recién ahora comienzan a hacerse evidentes.
El apoyo a la mujer comienza en el reforzar una infraestructura que le permita volver a trabajar, no que le haga más difícil volver a salir de la casa. Por ejemplo, con guarderías, jardines infantiles y escuelas públicas y gratuitas que cuiden y eduquen a sus hijos; políticas públicas que busquen facilitar la división equitativa del trabajo doméstico; nueva legislación que la proteja de abusos laborales y que fomente la adecuada remuneración por su trabajo; reconocer y proteger lazos familiares no-tradicionales; y el reconocimiento de su autonomía sexual y el control sobre su propio cuerpo.
Lo que sorprende es el modo en que la derecha se apropia del lenguaje feminista del "empoderamiento," y perversamente posiciona a la imagen de mujeres emprendedoras no-amenazantes como líderes en esta cruzada anti-feminista: proponiendo al "bello sexo" como endulzante neoliberal. No dudo que Merino opine que esta es una solución que hace sentido económicamente. Sin embargo tampoco puede ella ignorar el impacto que tendría esta política en particular en la reproducción y amplificación de la desigualdad de género en Chile.
(Martha Rosler "Semiótica de la cocina" 1975.)
En la entrevista Mosciatti le pregunta a Merino sobre el problema de la flexibilidad laboral. Tras varias partidas falsas, Merino explica que es una medida funcional, la que procede a ejemplificar desde la planificada transformación del post-natal. Después de decir que el programa de Piñera (en la letra chica, nos imaginamos) apunta hacia permitir "postergar" el prenatal para alargar el post-natal, Merino sale con una frase para el bronce: bajo este sistema "La mujer podría trabajar desde su casa."
Lo que dice suena mal, pero a lo que apunta es peor. Porque si bien evoca el espectro de eso de que "el lugar de la mujer está en la casa," lo que en verdad dice Merino es que este principio será ahora política de gobierno. Sabemos --dada la experiencia de otros países como Japón en esta materia-- que (1) sin los incentivos necesarios es tremendamente difícil para la mujer reintegrarse al mundo laboral después del embarazo, y (2) la incorporación de la mujer a través de un escenario de trabajo flexibilizado, automáticamente la relega al trabajo precario. Este es el nuevo modo (la forma neoliberal) de dejar a la mujer en la casa. De hecho, en la experiencia de Japón, la incorporación de la mujer a través de la flexibilización laboral se transformó en la primera ola de una precarización del trabajo en general, cuyos efectos recién ahora comienzan a hacerse evidentes.
El apoyo a la mujer comienza en el reforzar una infraestructura que le permita volver a trabajar, no que le haga más difícil volver a salir de la casa. Por ejemplo, con guarderías, jardines infantiles y escuelas públicas y gratuitas que cuiden y eduquen a sus hijos; políticas públicas que busquen facilitar la división equitativa del trabajo doméstico; nueva legislación que la proteja de abusos laborales y que fomente la adecuada remuneración por su trabajo; reconocer y proteger lazos familiares no-tradicionales; y el reconocimiento de su autonomía sexual y el control sobre su propio cuerpo.
Lo que sorprende es el modo en que la derecha se apropia del lenguaje feminista del "empoderamiento," y perversamente posiciona a la imagen de mujeres emprendedoras no-amenazantes como líderes en esta cruzada anti-feminista: proponiendo al "bello sexo" como endulzante neoliberal. No dudo que Merino opine que esta es una solución que hace sentido económicamente. Sin embargo tampoco puede ella ignorar el impacto que tendría esta política en particular en la reproducción y amplificación de la desigualdad de género en Chile.
(Martha Rosler "Semiótica de la cocina" 1975.)
15.1.10
La píldora y la semana después.
El proyecto de ley sobre "información, orientaciones y prestaciones en materia de regulación de la fertilidad" pasó milagrosamente el trámite en el Tribunal Constitucional.

No creo en el progreso a medias. Esta es una ley truculentamente negociada que traerá más de un dolor de cabeza a quienes defendemos el derecho de la mujer a controlar su propio cuerpo. La lógica del menor común denominador con la que se consolidó esta medida nuevamente estigmatiza a la mujer e impide su derecho a pleno acceso a servicios que en otras latitudes son considerados básicos en definir su autonomía; toda vez que pone condiciones a la acción estatal para asegurar ese derecho.
Evidentemente, permitir la distribución gratuita de la anticoncepción de emergencia es importante. Sin embargo, en su afán por "cumplir" con un listado de leyes previo a las elecciones, el gobierno decidió transar y ceder con principios básicos, nuevamente dejando el cuerpo de la mujer en el camino.

No creo en el progreso a medias. Esta es una ley truculentamente negociada que traerá más de un dolor de cabeza a quienes defendemos el derecho de la mujer a controlar su propio cuerpo. La lógica del menor común denominador con la que se consolidó esta medida nuevamente estigmatiza a la mujer e impide su derecho a pleno acceso a servicios que en otras latitudes son considerados básicos en definir su autonomía; toda vez que pone condiciones a la acción estatal para asegurar ese derecho.
Evidentemente, permitir la distribución gratuita de la anticoncepción de emergencia es importante. Sin embargo, en su afán por "cumplir" con un listado de leyes previo a las elecciones, el gobierno decidió transar y ceder con principios básicos, nuevamente dejando el cuerpo de la mujer en el camino.
7.1.10
dos píldoras, o la historia se repite
Si hay algo que nos revienta a los historiadores, es cuando se usa el cliché "la historia se repite."
Pero más aún revienta cuando los hechos mismos parecen dar razón a ese cliché.
Como mencionaba en un anterior post, en onda eleccionaria y tratando de devolverle sus credenciales "progresistas" a ese cadáver político llamado Concertación, Su Majestad mi Yeina Bachelet, puso suma urgencia a la legislación sobre la distribución de la llamada píldora del día después. Y, después de un trámite flash, en el que la gente votó como se sabía que votarían --pese a algunas "sorpresas" -- pasó lo que tenía que pasar. Un diputado pasó el proyecto al Tribunal Constitucional, donde probablemente morirá. No se le echará de menos, puesto que en el texto ciertos elementos NEFASTOS en el Senado insertaron una cláusula que prohibe al Estado propagar cualquier método que pueda ser considerado abortivo.
Lo he dicho hasta el cansancio. La única "revolución sexual" efectiva es derogar la Constitución de PinoLagos. Los vejestorios en el Tribunal Constitucional, que nuevamente votarán en contra de la píldora, sólo ven en decisión política si se aplica o no la ley. Pero aún si permitiesen que la ley pase, no cambiará la doctrina constitucional respecto a esa cosa que no existe en Chile: la diferencia de género. El marco constitucional, que es el "horizonte de lo posible" en Chile, efectivamente ilegaliza el ser mujer, tal y como falló en el caso de las Isapres.
Escribo esto no por desmerecer lo que significa el acceso a la PDD. Obviamente a alguien que necesita acceso al Levonorgestrel, sea cual sea su uso final, poco le importa un tema tan "abstracto" como es el marco constitucional con el que se perpetuó la dictadura. El que la PDD sea distribuida gratuitamente en consultorios es importante.
El problema es que sabemos que todo esto es un vil juego. La historia NO se repite: seguimos pegados en la misma historia.
Porque se instala un tema, como simple cuña, a sabiendas que no tiene futuro realizable. Porque se permite en un trámite sórdido y poco claro, que se vulnere aún más el derecho de la mujer a controlar su propio cuerpo. Porque aún con distribución de PDD, se seguirá viviendo en la precariedad sexual absoluta. Porque en Chile no hay posibilidad de debate, por cuanto quienes están en el poder siguen controlando los términos del debate.
Pero más aún revienta cuando los hechos mismos parecen dar razón a ese cliché.
Como mencionaba en un anterior post, en onda eleccionaria y tratando de devolverle sus credenciales "progresistas" a ese cadáver político llamado Concertación, Su Majestad mi Yeina Bachelet, puso suma urgencia a la legislación sobre la distribución de la llamada píldora del día después. Y, después de un trámite flash, en el que la gente votó como se sabía que votarían --pese a algunas "sorpresas" -- pasó lo que tenía que pasar. Un diputado pasó el proyecto al Tribunal Constitucional, donde probablemente morirá. No se le echará de menos, puesto que en el texto ciertos elementos NEFASTOS en el Senado insertaron una cláusula que prohibe al Estado propagar cualquier método que pueda ser considerado abortivo.

Lo he dicho hasta el cansancio. La única "revolución sexual" efectiva es derogar la Constitución de PinoLagos. Los vejestorios en el Tribunal Constitucional, que nuevamente votarán en contra de la píldora, sólo ven en decisión política si se aplica o no la ley. Pero aún si permitiesen que la ley pase, no cambiará la doctrina constitucional respecto a esa cosa que no existe en Chile: la diferencia de género. El marco constitucional, que es el "horizonte de lo posible" en Chile, efectivamente ilegaliza el ser mujer, tal y como falló en el caso de las Isapres.
Escribo esto no por desmerecer lo que significa el acceso a la PDD. Obviamente a alguien que necesita acceso al Levonorgestrel, sea cual sea su uso final, poco le importa un tema tan "abstracto" como es el marco constitucional con el que se perpetuó la dictadura. El que la PDD sea distribuida gratuitamente en consultorios es importante.
El problema es que sabemos que todo esto es un vil juego. La historia NO se repite: seguimos pegados en la misma historia.
Porque se instala un tema, como simple cuña, a sabiendas que no tiene futuro realizable. Porque se permite en un trámite sórdido y poco claro, que se vulnere aún más el derecho de la mujer a controlar su propio cuerpo. Porque aún con distribución de PDD, se seguirá viviendo en la precariedad sexual absoluta. Porque en Chile no hay posibilidad de debate, por cuanto quienes están en el poder siguen controlando los términos del debate.
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22.9.09
saquen sus rosarios de nuestros ovarios
Comencé a trabajar en este ensayo después de la polémica suscitada en marzo del 2009 en torno a la distribución de la píldora del día después. Hoy, nuevamente sale a colación el problema, en similares circunstancias, para volver a delimitar el problema de la autonomía de la mujer a través de la regla de excepción. Espero que este ensayo sirva al lector como futura referencia.
Algunas reflexiones sobre el "llamado a debatir"
por Iñigo Adriasola Muñoz
Hay algo en el "llamado a debatir" del Senador Eduardo Frei que vale la pena considerar. El llamado "llamado" es revelador, tanto por lo que dice, como lo que no dice de sí. Por una parte, éste surge desde la lógica electoral, del cálculo no tan sutil de la duración de "lo que es noticia" y los tiempos de la próxima encuesta CEP. Sin embargo, el "llamado a debatir" también abre preguntas profundas sobre la naturaleza de nuestro sistema político, revelando que la opresión de la mujer y la marginalización del sexo no reproductivo funcionan como moneda de cambio y piedra angular del marco constitucional chileno.
Las razones de Frei son obvias. Este año, Chile entra en lo que promete ser un ciclo electoral en extremo decepcionante. La coalición de centro-derecha que gobierna en Chile desde hace dos décadas revela de manera ineluctable sus fracturas, así como el desgaste absoluto de su imagen y programa. La amenaza de la alternancia hace necesario establecer alguna forma de separar aguas y diferenciarse de la oposición. Entra entonces el manual de juegos estadounidense: nace la idea de establecer un wedge issue o "tarugo." Un problema delicado que se plantea con el expreso propósito de exponer tanto "diferencias" como crear fracturas en la otra coalición. Nace entonces el "aborto terapéutico" como tema.
Quienes hacemos historia sabemos que donde han habido mujeres, ha existido la interrupción del embarazo. Sabemos que el aborto como práctica cultural se une a un sinfín de otras tecnologías del cuidado de sí y control sobre el propio cuerpo, específicas al género, y que en ocasiones éstas han sido el único modo de contrarrestar el poder del patriarcado. El aborto es una realidad también en el Chile de hoy, una realidad que cruza barreras de clase y etnicidad y cuyo significado Político (con mayúscula) es indiscutible. Creo que es importante señalar que es por estas razones que el aborto y el cuerpo de la mujer emergen 1) en el discurso público y 2) como áreas de competencia del estado. Curiosamente, en el discurso público chileno, el cuerpo de la mujer es divorciado de la idea de aborto: es como si el aborto ocurriera fuera del cuerpo de la mujer. Como si no hubiera relación alguna entre el cuerpo y la tecnología para controlarlo. Lo que en otros países es consagrado a nivel de derechos como un modo de asentar las bases legales de la autonomía de la mujer, en Chile se niega en pos de un espurio "humanismo" religioso.
En el "llamado a debatir" de Eduardo Frei, el aborto se transforma en una metáfora vacía. Porque aquí, nuevamente, no se trata de debates realizados, sino de "llamados a debatir." El llamado "llamado" no es de por sí un debate. Como simulacro de debate y democracia, opera en el nivel de imagenes volatilizadas y desconectadas de la realidad. Se desarrolla como un juego del cual ya se conoce el resultado: la preservación del estado de las cosas. Este juego se realiza en teatrales declaraciones de "apoyo irrestricto al derecho a la vida;" acota de inmediato los términos de lo posible, por ejemplo postulando el aborto sólo como una manera de borrar el trauma y los signos visibles de la violencia sexual; se juega usando la lógica del caso excepcional. Son todas éstas meras reiteraciones del lenguaje patriarcal y heterosexista que conforma el espacio discursivo chileno. Este espacio se produce y reproduce en el lenguaje, exigiendo su uso como único modo de participar. Quienes optan por no apoyar este idioma son marginalizados, conviertiéndolos literalmente en "comeguaguas." En una movida discursiva magistral, el Obispo Goic dice que se debe fomentar la agenda social en vez de la "agenda valórica," ¡como si fueran cosas distintas! Por si acaso, aclara Goic que no está en contra del debate, porque Chile es un país "pluralista." El obispo miente: lo que el "llamado a debatir" demuestra en realidad es que no existe el pluralismo en Chile.
En estas condiciones, no es posible tener un verdadero debate sobre el aborto. El verdadero debate sobre el aborto comienza en reconocerlo como un deseo válido y como una realidad histórica y cultural que no puede ser invocada desde una perspectiva de exclusión. Pasa por reconocer que el sistema político chileno actual legitima y fomenta la violencia contra el cuerpo de la mujer. Pasa por reconocer que la opresión sexual surge como otro vehículo más para la operación de la injusticia social y económica estructuradas en el sistema legal chileno. El verdadero debate sobre el aborto pasa por aprender a escuchar a quienes sufren a diario esta violencia, y permitir que sean ellas (y ellos) quienes hablen. Sólo se darán las condiciones para un debate sobre el aborto renovando y rearticulando las bases del discurso a partir del reconocimiento 1) de la diferencia sexual y el cuerpo y su compleja relación con el Estado desde una perspectiva histórica; 2) de la innegable diferencial de poder desde la que se pretende crear un espacio de diálogo; 3) de la desigualdad social y cómo derechos reproductivos y sexuales son inseparables de la llamada "agenda social."
Finalmente, el verdadero debate sobre el aborto necesariamente incluye encausar la Constitución de 1980. La consagración del feto como persona humana y legal, es una expresión más de cómo opera este engendro legal de corte autoritario, reaccionario y antimoderno -- híbrido de la teología política de Carl Schmitt, el derecho natural y la doctrina posconciliar reaccionaria de la encíclica papal Humanae Vitae (1968). La personalización del feto en la Constitución tiende la trampa legal que automáticamente deshumaniza y criminaliza a la mitad femenina de la población chilena. Su discurso de derechos es precisamente el modus operandi de la exclusión sobre la que escribo.
Es claro que en su uso del pensamiento reaccionario posconciliar, la Constitución viola el principio de laicidad del estado, poniendo fin de raíz a la posibilidad del pluralismo y la divergencia, fundamentos básicos de la sociedad civil. La Constitución supera su cualidad de documento legal, y emerge como horizonte de lo posible. Ella define los términos del discurso. Es por y a través de la Constitución que se instituye la personalización del feto, y la despersonalización de la mujer que no desea su embarazo como bases del debate actual sobre el aborto. La Constitución protege a través de su monopolio sobre el horizonte de lo posible la perpetuación por medios legales de un oligopolio patriarcal y heterosexista que se define y legitima en relación a su cercanía a la Iglesia.
El pretendido "llamado a debatir" de Frei, Piñera, Goic y cía es una trampa. Si ese "llamado a debatir" sirve de algo es para realzar cómo un verdadero debate sobre el aborto revela los estrechos límites de la democracia en Chile. Si por pluralismo se entiende la multiplicidad de voces, y siendo que ellos son los dueños del lenguaje y las condiciones mismas del debate, hoy en día no hay pluralismo ni diálogo posibles en Chile.
Algunas reflexiones sobre el "llamado a debatir"
por Iñigo Adriasola Muñoz
Hay algo en el "llamado a debatir" del Senador Eduardo Frei que vale la pena considerar. El llamado "llamado" es revelador, tanto por lo que dice, como lo que no dice de sí. Por una parte, éste surge desde la lógica electoral, del cálculo no tan sutil de la duración de "lo que es noticia" y los tiempos de la próxima encuesta CEP. Sin embargo, el "llamado a debatir" también abre preguntas profundas sobre la naturaleza de nuestro sistema político, revelando que la opresión de la mujer y la marginalización del sexo no reproductivo funcionan como moneda de cambio y piedra angular del marco constitucional chileno.
Las razones de Frei son obvias. Este año, Chile entra en lo que promete ser un ciclo electoral en extremo decepcionante. La coalición de centro-derecha que gobierna en Chile desde hace dos décadas revela de manera ineluctable sus fracturas, así como el desgaste absoluto de su imagen y programa. La amenaza de la alternancia hace necesario establecer alguna forma de separar aguas y diferenciarse de la oposición. Entra entonces el manual de juegos estadounidense: nace la idea de establecer un wedge issue o "tarugo." Un problema delicado que se plantea con el expreso propósito de exponer tanto "diferencias" como crear fracturas en la otra coalición. Nace entonces el "aborto terapéutico" como tema.
Quienes hacemos historia sabemos que donde han habido mujeres, ha existido la interrupción del embarazo. Sabemos que el aborto como práctica cultural se une a un sinfín de otras tecnologías del cuidado de sí y control sobre el propio cuerpo, específicas al género, y que en ocasiones éstas han sido el único modo de contrarrestar el poder del patriarcado. El aborto es una realidad también en el Chile de hoy, una realidad que cruza barreras de clase y etnicidad y cuyo significado Político (con mayúscula) es indiscutible. Creo que es importante señalar que es por estas razones que el aborto y el cuerpo de la mujer emergen 1) en el discurso público y 2) como áreas de competencia del estado. Curiosamente, en el discurso público chileno, el cuerpo de la mujer es divorciado de la idea de aborto: es como si el aborto ocurriera fuera del cuerpo de la mujer. Como si no hubiera relación alguna entre el cuerpo y la tecnología para controlarlo. Lo que en otros países es consagrado a nivel de derechos como un modo de asentar las bases legales de la autonomía de la mujer, en Chile se niega en pos de un espurio "humanismo" religioso.
En el "llamado a debatir" de Eduardo Frei, el aborto se transforma en una metáfora vacía. Porque aquí, nuevamente, no se trata de debates realizados, sino de "llamados a debatir." El llamado "llamado" no es de por sí un debate. Como simulacro de debate y democracia, opera en el nivel de imagenes volatilizadas y desconectadas de la realidad. Se desarrolla como un juego del cual ya se conoce el resultado: la preservación del estado de las cosas. Este juego se realiza en teatrales declaraciones de "apoyo irrestricto al derecho a la vida;" acota de inmediato los términos de lo posible, por ejemplo postulando el aborto sólo como una manera de borrar el trauma y los signos visibles de la violencia sexual; se juega usando la lógica del caso excepcional. Son todas éstas meras reiteraciones del lenguaje patriarcal y heterosexista que conforma el espacio discursivo chileno. Este espacio se produce y reproduce en el lenguaje, exigiendo su uso como único modo de participar. Quienes optan por no apoyar este idioma son marginalizados, conviertiéndolos literalmente en "comeguaguas." En una movida discursiva magistral, el Obispo Goic dice que se debe fomentar la agenda social en vez de la "agenda valórica," ¡como si fueran cosas distintas! Por si acaso, aclara Goic que no está en contra del debate, porque Chile es un país "pluralista." El obispo miente: lo que el "llamado a debatir" demuestra en realidad es que no existe el pluralismo en Chile.
En estas condiciones, no es posible tener un verdadero debate sobre el aborto. El verdadero debate sobre el aborto comienza en reconocerlo como un deseo válido y como una realidad histórica y cultural que no puede ser invocada desde una perspectiva de exclusión. Pasa por reconocer que el sistema político chileno actual legitima y fomenta la violencia contra el cuerpo de la mujer. Pasa por reconocer que la opresión sexual surge como otro vehículo más para la operación de la injusticia social y económica estructuradas en el sistema legal chileno. El verdadero debate sobre el aborto pasa por aprender a escuchar a quienes sufren a diario esta violencia, y permitir que sean ellas (y ellos) quienes hablen. Sólo se darán las condiciones para un debate sobre el aborto renovando y rearticulando las bases del discurso a partir del reconocimiento 1) de la diferencia sexual y el cuerpo y su compleja relación con el Estado desde una perspectiva histórica; 2) de la innegable diferencial de poder desde la que se pretende crear un espacio de diálogo; 3) de la desigualdad social y cómo derechos reproductivos y sexuales son inseparables de la llamada "agenda social."
Finalmente, el verdadero debate sobre el aborto necesariamente incluye encausar la Constitución de 1980. La consagración del feto como persona humana y legal, es una expresión más de cómo opera este engendro legal de corte autoritario, reaccionario y antimoderno -- híbrido de la teología política de Carl Schmitt, el derecho natural y la doctrina posconciliar reaccionaria de la encíclica papal Humanae Vitae (1968). La personalización del feto en la Constitución tiende la trampa legal que automáticamente deshumaniza y criminaliza a la mitad femenina de la población chilena. Su discurso de derechos es precisamente el modus operandi de la exclusión sobre la que escribo.
Es claro que en su uso del pensamiento reaccionario posconciliar, la Constitución viola el principio de laicidad del estado, poniendo fin de raíz a la posibilidad del pluralismo y la divergencia, fundamentos básicos de la sociedad civil. La Constitución supera su cualidad de documento legal, y emerge como horizonte de lo posible. Ella define los términos del discurso. Es por y a través de la Constitución que se instituye la personalización del feto, y la despersonalización de la mujer que no desea su embarazo como bases del debate actual sobre el aborto. La Constitución protege a través de su monopolio sobre el horizonte de lo posible la perpetuación por medios legales de un oligopolio patriarcal y heterosexista que se define y legitima en relación a su cercanía a la Iglesia.
El pretendido "llamado a debatir" de Frei, Piñera, Goic y cía es una trampa. Si ese "llamado a debatir" sirve de algo es para realzar cómo un verdadero debate sobre el aborto revela los estrechos límites de la democracia en Chile. Si por pluralismo se entiende la multiplicidad de voces, y siendo que ellos son los dueños del lenguaje y las condiciones mismas del debate, hoy en día no hay pluralismo ni diálogo posibles en Chile.
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